EL VIAJANTE

de

Ashgar Farhadi

Aquello con lo que no se cuenta


Como, por ejemplo, que en ausencia del marido un desconocido entre en tu casa y se folle a tu mujer.


Y eso es lo que les pasa a la pareja Emad (Shahab Hosseini) y Rana (Taraneh Alldoosti) cuando hace apenas uno o dos días se han instalado en su nueva casa.


Porque el temblor del edificio en el que vivían, (ya lo decía Cecil B De Mille: “las películas hay que empezarlas con un terremoto. Y, de ahí, para arriba”) lo agrieta y tienen que buscar a toda prisa un piso de alquiler. Un piso que, naturalmente, alguien lo tenía alquilado hasta entonces y que todavía tiene desparramadas sus pertenencias por las habitaciones y cocina.


El es profesor de literatura en un colegio de chicos y ambos son actores en un grupo que está ensayando “Muerte de un viajante”, de Arthur Miller. En el Irán de los enlutados ayatolás ¡también se hace teatro y se representa a Miller!


Él va a comprar algo para cenar. Ella aprovecha para meterse en la ducha. Llaman a la puerta. Ella cree que es el marido y abre, pero…

 

 

 

Los iraníes también son machos


Asghar Farhadi, director y guionista, explora, a partir de ese suceso imprevisto, cómo va a afectar las relaciones de la pareja y cómo las dos personas, poco a poco y apenas sin advertirlo, van cambiando radicalmente su forma de ser.


Rana, la mujer, queda más traumatizada que un avestruz atacado por leones. Pero la pobre no pasa de ahí, que ya es bastante. Es Emad, el marido, quien va a tener todas las dificultades para afrontar el episodio y, sobre todo, asimilarlo. ¡Y eso que a él no le ha tocado un solo pelo! Pero ¿quién será el agresor? ¿Alguien más macho que él? ¿Y no se siente herido su orgullo de macho al convivir con una esposa follada por otro? ¿Qué coño van a pensar y comentar sus amigos, sus vecinos, los alumnos? Incluso es posible que no hubiera habido agresión sexual y todo hubiera quedado en un susto, pero ¿cómo se convence de ello la virilidad machista del marido? El pobre Emad está dividido entre el deseo de proteger a su mujer y el deseo de reponer su orgullo de macho herido. Su idea de “ser un hombre”, como la de Willy Loman en “Muerte de un viajante”, entra en crisis. Así que se obsesiona por encontrar al culpable y colmar su ansia de venganza y superar la crisis. El matrimonio de clase media que vive su vida con normalidad empieza a resquebrajarse y a destruirse.


Afirma René Scherer en su “Pedagogía pervertida” que la mayor guerra que libra el hombre es contra sí mismo. Obligado, y preocupado, por ser macho se vuelve contra sí mismo y ahoga toda veleidad que pueda poner en duda su virilidad machista. Así diseña y construye un orden en el que el macho es el centro y del que es casi imposible escapar. Solo al final el director y guionista desvelará dónde se esconde Willy Loman.


No sé si Asghar Farhadi, hombre de cultura francesa, ha leído a Scherer, pero el Emad que nos entrega parece escapado del libro del francés.


No sucede lo mismo con Rana. Ella es la jodida pero, como mujer que es, tiene que aguantar. Tiene que conformarse con quedar traumatizada porque “los hombres no pueden evitarlo”.No sé si lo que Farhadi pretende es mostrarnos la situación de la mujer iraní, o es que él, sin darse cuenta por estar inficionado por las doctrinas de los ayatollás, la considera así. O manifiesta lo que parece ser su idea guía: todos tenemos nuestras razones. ¿Considera que el entorno y la sociedad que vive el matrimonio Loman en "Muerte de un viajante" es el mismo que el de Rana y Emad en el Irán actual? La unión entre ambas sociedades está bastante mal cosida y no queda claro en la película, a pesar de que Farhadi logra magistralmente que espacio y lugar sean determinantes. Algunos espectadores sentirán desazón y desagradable molestia.


“Oscar” 2017 a la mejor película de habla extranjera. Segundo “oscar” para Farhadi, pues también lo consiguió en 2011 con su “Nader y Simir, una separación”. Y vamos a dejar si ha sido un puñetazo en el estómago que los Hollywoodieros han propinado, con todo ardor, al bien alimentado estómago del señor Trump (que lo ha sido). Liarnos con una discusión así es aminorar los méritos de la película cuando Farhadi se muestra, una vez más, como maestro indiscutible de montar secuencias consecutivas, en las que cada una aprieta un poco más y vuelca su tensión en la siguiente. Y no hablemos de su capacidad para desarrollar con dos o tres personajes y cuatro paredes escenas de enorme intensidad. ¿No recuerda este cine el del gran Douglas Sirk, volcado al melodrama, o al de potentes reflejos de Ingmar Bergman?


Pero cuando Farhadi es grande de verdad es cuando mete las cosas importantes ded la película fuera de campo. Como la secuencia de la presunta violación, o la preciosa secuencia de la molestia de la señora por ir sentada al lado de Emad en un taxi compartido. Señora que no se ve salvo en el segundo en el que consigue cambiarse al asiento delantero.


El iraní Asghar Farhadi ha llenado el vaso político al negarse a acudir a un país que niega la entrada a sus compatriotas. ¡A ver si el ejemplo cunde! En la película hay que mirar su talento y genio artístico. Aunque habrá que conceder que, para los espectadores europeos, la película puede resultar pelín pesada.


Vicente Parra Fenollar